Risa de Emergencia por Bruno Cortés

En México, creerle al poder es como comprarle tamales a un señor que jura que no pican mientras se persigna con una salsa color emergencia nacional. Uno quiere confiar. Uno necesita confiar. Pero el país, paciente reincidente de la sala de urgencias, ya aprendió que entre el diagnóstico oficial y la radiografía suele caber una mañanera completa, dos gráficas, tres aplausos y una estampita de “vamos muy bien”.
La pregunta —“¿le debemos creer a la presidenta Sheinbaum?”— parece sencilla, pero trae escondida una trampa del tamaño del Palacio Nacional. Porque a una presidenta no se le “cree” como se le cree a la abuela cuando dice que con té de canela se cura la tristeza. A una presidenta se le escucha, se le contrasta, se le exige, se le audita. La democracia empieza cuando la fe se quita el sombrero y entra el expediente.
Claudia Sheinbaum gobierna con una ventaja que cualquier mandatario envidiaría: popularidad alta, mayoría política y una oposición que a veces parece haber sido diseñada por sus adversarios. AS/COA ha señalado que Sheinbaum se ha mantenido entre los liderazgos más populares de América Latina; una encuesta Enkoll para El País y W Radio la ubicó en 68% de aprobación en mayo de 2026, aunque con una caída de siete puntos tras crisis de seguridad en Sinaloa y Chihuahua. Traducido al idioma nacional: el paciente todavía sonríe, pero ya pidió ver la segunda opinión.
El primer problema no es si Sheinbaum dice la verdad. El primer problema es que el poder mexicano, desde tiempos prehispánicos con micrófono incluido, siempre ha querido convertir su versión en clima oficial. Si el gobierno dice que hace sol, más vale asomarse por la ventana. Si dice que llueve bienestar, conviene revisar si no se está inundando la colonia.
En seguridad, por ejemplo, el gobierno presume reducciones importantes en homicidios. Reuters reportó que, según datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública, el promedio diario de homicidios cayó de 86.9 en septiembre de 2024 a 52.4 en diciembre de 2025; también consignó la advertencia necesaria: las cifras definitivas del INEGI suelen llegar después y pueden ajustarse al alza. La verdad oficial, como el mole de fiesta, necesita reposar antes de servirse como dato histórico.
Y aquí entra la parte incómoda: aunque bajen los homicidios, el país no se vuelve automáticamente Suiza con garnachas. The Guardian recogió advertencias de especialistas que piden cautela porque otros fenómenos —como desapariciones, subregistro o clasificación deficiente— pueden oscurecer el cuadro general de violencia. La cifra puede mejorar y, aun así, la calle puede seguir oliendo a miedo. Ese es el drama mexicano: el Excel sonríe mientras la madre busca.
Tampoco ayuda que el oficialismo confunda crítica con sabotaje, duda con traición y pregunta incómoda con nostalgia neoliberal. La Presidencia no es misa de siete. Nadie está obligado a responder “amén” después de cada gráfica. En una república adulta, creer no es obedecer; creer es conceder provisionalmente mientras llegan pruebas mejores.
La elección judicial fue otro quirófano donde la anestesia se acabó antes de tiempo. El INE describió el proceso de 2025 como el primero de su naturaleza para elegir cargos del Poder Judicial federal; la OEA observó una participación de alrededor de 13% para la elección de la Suprema Corte y expresó preocupación por la baja asistencia. Reuters reportó que Sheinbaum defendió esos comicios como “inédito[s]” y “democrático[s]”, pese a las críticas sobre legitimidad y equilibrio de poderes. En México, cuando algo nace histórico, conviene contarle los dedos.
¿Entonces hay que creerle? Sí, cuando sus dichos coincidan con datos verificables. No, cuando pida confianza como sustituto de rendición de cuentas. Tal vez, cuando el resultado todavía esté en observación. Nunca, cuando el poder quiera que la gratitud ciudadana funcione como tapabocas.
Sheinbaum no debe ser tratada con prejuicio ni con incienso. Ni bruja de cuento opositor ni santa de estampita oficial. Es presidenta: suficiente responsabilidad como para no regalarle fe ciega y suficiente investidura como para exigirle pruebas sin gritarle improperios.
La pregunta correcta no es si debemos creerle a la presidenta. La pregunta correcta es si el país tiene instituciones, prensa, ciudadanía y contrapesos capaces de revisar lo que dice sin terminar acusados de antipatriotas.
Porque México ya sabe lo que pasa cuando se le cree demasiado al poder: primero promete cura, luego reparte placebo, después presume mejoría y al final, cuando el paciente pregunta por qué sigue sangrando, alguien en bata oficial responde:
—Es percepción.
Y ahí sí, doctor, necesitamos otra opinión.
