El trabajo doméstico mueve la economía más que muchas industrias
Barrer y cuidar no se pagan, pero sostienen al país. Organismos oficiales revelan que las mujeres cargan con el mayor peso de este valor invisible.
Lavar los trastes, planchar la ropa, preparar la comida y cuidar a los hijos son actividades que no aparecen en los recibos de nómina, pero mueven la economía mexicana más que muchos sectores productivos que cotizan en bolsa. Las cuentas nacionales han puesto el foco en esta realidad y, por primera vez, se ha calculado con mayor precisión el peso de las labores domésticas y de cuidados que realiza la población desde los 12 años en adelante.
Las cifras oficiales disponibles muestran que el valor económico de estas tareas equivale a casi una cuarta parte de toda la riqueza que produce el país anualmente. Para ponerlo en perspectiva: si el trabajo doméstico no remunerado fuera un sector económico formal, su tamaño superaría holgadamente al de la manufactura, el comercio o la construcción. Es decir, lo que ocurre detrás de las puertas de cada hogar tiene un peso mayor en la economía nacional que muchas ramas industriales consolidadas.
La distribución por género revela una brecha que persiste generación tras generación. Las mujeres contribuyen con la mayor parte del valor total de estas labores, mientras que los hombres aportan una fracción significativamente menor. En términos individuales, cada mujer genera, en promedio, un valor anual mucho más alto por su trabajo doméstico y de cuidados en comparación con sus contrapartes masculinas. La aportación femenina es varias veces superior a la masculina.
Aunque la proporción de mujeres y hombres en el total de la población es casi paritaria, la diferencia en la aportación al valor total evidencia que ellas dedican muchas más horas y realizan tareas de mayor complejidad o duración. Esto refleja una asignación desigual de las responsabilidades domésticas que persiste en la organización familiar, donde la doble jornada sigue siendo una constante para millones de mexicanas.
Geográficamente, el valor de este trabajo invisible se concentra en las zonas metropolitanas más pobladas del centro, occidente y norte del país. Las entidades con mayor densidad de población son las que acumulan el mayor valor económico generado por estas labores, ya que en ellas se concentra el mayor número de hogares y, por ende, de horas dedicadas a las tareas del hogar.
En los ejercicios de medición más recientes, los especialistas han comenzado a incluir un componente que antes pasaba inadvertido: los cuidados emocionales. Dar apoyo moral, escuchar, estar al pendiente de los estados de ánimo y brindar contención también son trabajo. Al incorporar esta categoría, el valor total del trabajo no remunerado de los hogares se incrementa de manera sustancial, y la participación femenina en ese total sigue siendo abrumadoramente mayoritaria.
Para que las familias puedan dimensionar su propio aporte, existen herramientas prácticas en línea que permiten calcular el valor en pesos de las horas que cada persona invierte en cocinar, limpiar y cuidar a otros. Estas calculadoras dividen las actividades en distintos tipos de labores y arrojan un estimado que suele sorprender a quienes las usan. Reconocer este valor no es un ejercicio académico: tener claridad sobre quién hace qué y durante cuánto tiempo permite redistribuir cargas de manera más equitativa al interior de cada hogar.
Los resultados de estas mediciones se construyen cruzando encuestas nacionales sobre el uso del tiempo con mediciones de ocupación y empleo, además de actualizarse con base en marcos censales poblacionales. Esto garantiza que las estimaciones sean consistentes y comparables a lo largo del tiempo, permitiendo observar la evolución de este fenómeno social y económico.
Poner en números el trabajo doméstico no es un capricho estadístico. Es una herramienta para que las familias tomen decisiones más informadas sobre la distribución de tareas y para que las políticas públicas reconozcan el peso real de estas actividades en el sostenimiento del país. Porque planchar una camisa o dar un abrazo a tiempo también mueven la carreta económica, aunque no tengan ticket de compra ni aparezcan en los estados de cuenta.


