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Cafeterías de CDMX: una ciudad escrita con aroma a café

Por admin · 6 de junio de 2026

La Ciudad de México no aprendió a beber café de un día para otro. Lo dejó entrar como entran los forasteros: con cierta desconfianza, después de observarlo desde lejos y cuando el chocolate todavía ocupaba el centro de la mesa. El café llegó al país en el siglo XVIII y los primeros registros de su cultivo y procesamiento datan de 1790, de acuerdo con la Secretaría de Agricultura.

Antes de conquistar las mañanas, la bebida tuvo que encontrar su lugar entre costumbres más antiguas. Durante años fue una presencia discreta, casi una sombra perfumada. No parecía destinado a transformar la vida urbana. Sin embargo, en una ciudad donde todo termina por convertirse en conversación, el café encontró su verdadera patria lejos de los cafetales: alrededor de una mesa.

La Secretaría de Agricultura identifica al Café de Manrique como el primer establecimiento del que se tiene noticia en la capital. Estaba ubicado en lo que hoy es la calle de Tacuba, una vía que ha visto pasar imperios, tranvías, marchas, vendedores y generaciones de peatones apresurados.

La fecha exacta merece cautela. Algunas referencias históricas sitúan la apertura del Café de Manrique alrededor de 1789, mientras que materiales oficiales más generales ubican la primera cafetería de la Ciudad de México durante el siglo XIX. La diferencia puede depender de una frontera imprecisa: no era lo mismo un expendio de café que una cafetería con el sentido moderno del término.

Lo cierto es que el grano dejó pronto de ser una rareza. A principios del siglo XIX, beber café ya era una costumbre en expansión. La bebida comenzó a disputar un espacio en la rutina diaria, en las sobremesas y en las conversaciones que se prolongaban más de lo previsto.

Un estudio publicado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia ubica en la década de 1840 el establecimiento de las primeras cafeterías con molino anexo en el centro de la ciudad. Aquellos molinos no sólo trituraban granos: molían lentamente la antigua solemnidad de la capital y anunciaban otra forma de habitarla. En las décadas siguientes, las cafeterías se pusieron de moda.

El aroma comenzó a salir de los locales y a mezclarse con el polvo de las calles, el pregón de los comerciantes y el ruido de los carruajes. El café dejó de ser solamente una bebida. Se convirtió en una pausa. En una ciudad acostumbrada a correr incluso cuando parecía inmóvil, ofrecía la posibilidad de sentarse a mirar el tiempo.

Los cafés también fueron pequeñas plazas bajo techo. Desde sus primeros años sirvieron como lugares de reunión, lectura de periódicos, tertulia literaria y discusión política. En algunas mesas se hablaba del país como si el país pudiera caber en una taza. En otras, la gente acudía sencillamente a matar la tarde, ese oficio capitalino que exige paciencia y una silla disponible.

La historia avanzó con sus sobresaltos habituales. Cambiaron los gobiernos, las fachadas, las modas y los nombres de las calles. El café permaneció. Había descubierto una de las verdades secretas de la ciudad: en la Ciudad de México casi nadie bebe café únicamente por sed. Se bebe para esperar a alguien, para conversar, para leer, para trabajar o para permanecer un poco más en un lugar que todavía no expulsa a sus visitantes.

En 1912 abrió sus puertas el Café de Tacuba, después de un breve periodo como lechería. El establecimiento ocupa una construcción del siglo XVII y conserva parte de esa atmósfera donde el pasado parece negarse a abandonar la mesa. Su fundador, Dionisio Mollinedo, llegó a la capital desde Tabasco.

El Café de Tacuba acumuló episodios como quien guarda cucharillas antiguas en un cajón. Allí celebraron su banquete de bodas Diego Rivera y Guadalupe Marín. Allí también fue asesinado en 1936 Manlio Fabio Altamirano Flores, gobernador electo de Veracruz. La vida y la muerte compartieron durante un instante el mismo salón, como ocurre con frecuencia en las ciudades que llevan demasiados años recordándolo todo.

Durante el siglo XX, las cafeterías se multiplicaron y cambiaron de rostro. Algunas conservaron vitrales, manteles y meseros que parecían conocer de memoria a sus clientes. Otras fueron locales modestos, mesas de paso o refugios de estudiantes. El café salió del Centro Histórico y acompañó el crecimiento de una capital que aprendió a extenderse sin perder del todo sus antiguos rituales.

Ahora las cafeterías conviven con computadoras portátiles, métodos de extracción, barras minimalistas y vasos que caminan por la calle. Sin embargo, el gesto esencial sigue siendo el mismo: alguien sostiene una taza caliente mientras la ciudad ocurre al otro lado del vidrio.

Tal vez por eso la historia de las cafeterías capitalinas no puede contarse como una línea recta. Se parece más al humo que sube desde una taza y desaparece sólo para regresar unos minutos después. Cada nueva cafetería repite, sin saberlo, el ademán de aquella primera mesa: ofrecer un sitio breve en una ciudad interminable.